Antes, el miedo podía relacionarse con una esquina solitaria o la sombra misteriosa en un callejón sin luz al caer la tarde. Hoy, la fragilidad de la infancia y juventud viaja en la palma de la mano, a través de pantallas luminosas que acortan distancias, pero que también abren la puerta del hogar a voces sin rostro. El peligro ha mudado de piel: ya no siempre acecha en lo público, sino en el murmullo incesante de un mensaje privado que promete un futuro fácil y termina arrebatando la libertad.
De acuerdo con el Tracker de Marketing de Ipsos CIESMORI, el 63% de la población en el eje troncal señala a las redes sociales e internet como el medio donde existe mayor riesgo de que los niños y jóvenes sean engañados o desaparezcan. La cifra supera ampliamente a los riesgos tradicionales del espacio físico, como los alrededores de colegios y centros de diversión (15%), el empleo informal callejero (12%) y el transporte público o terminales terrestres (8%).
La evolución hacia el algorítmico
Esta percepción ciudadana encuentra un eco directo en las alertas de los organismos internacionales. Como advirtió Ghada Waly, directora ejecutiva de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) hasta la pasada gestión: «Las ventajas y el potencial de las tecnologías digitales para unirnos y mejorar nuestras vidas también están siendo explotadas cada vez más por los delincuentes».
No se trata de misterios técnicos ni de fallas abstractas, sino de viejas tácticas de manipulación adaptadas a la moderna mensajería instantánea y las plataformas digitales: personas reales que crean fachadas virtuales para ganar la confianza de los más jóvenes, aislar su criterio y aprovecharse de su curiosidad o de las necesidades familiares. En la región, los reportes de organismos como UNICEF y Naciones Unidas señalan que el engaño a través de falsas propuestas de empleo, supuestas oportunidades juveniles o relaciones forjadas en línea se ha convertido en la puerta de entrada más habitual para la captación y vulneración de adolescentes, trasladando el peligro desde las calles hacia la intimidad de sus propios teléfonos.
Ciudades divididas
El mapa urbano muestra contrastes notorios en cada región. En El Alto, la inquietud por el entorno virtual alcanza su nivel más alto con un contundente 76%. Por lo tanto, esta cifra marca una diferencia interesante frente al resto de las ciudades del eje del país. En La Paz, mientras el registro se sitúa en un 58%, en Santa Cruz de la Sierra se reporta un 61% y Cochabamba alcanza un 55%.
Sin embargo, el escenario cruceño destaca por cuidar con mayor celo los espacios públicos. De hecho, un 19% de su población teme a los alrededores de colegios, plazas y discotecas. Esta preocupación duplica el resultado de El Alto, donde ese mismo factor llega apenas al 8%. Por su parte, Cochabamba presenta una alerta más dispersa. Allí, un 14% teme a los viajes interprovinciales en transporte público, al mismo tiempo que un 16% desconfía de las ofertas de trabajo impresas en la calle.
Miradas compartidas y contrastes generacionales
Los datos revelan un consenso absoluto entre hombres y mujeres. La percepción del peligro en internet es prácticamente idéntica: 62% en varones y 64% en mujeres. La angustia frente a la vulnerabilidad digital es un punto de encuentro ciudadano unánime.
Las diferencias vuelven a manifestarse al observar los grupos de edad. Los jóvenes de 18 a 29 años encabezan la alerta sobre las plataformas virtuales con un 68%, impulsados por su propia inmersión en la dinámica digital. En la otra vereda, el recelo hacia las ofertas de trabajo informal en la calle y los volantes pegados en postes repunta con fuerza entre los adultos de 30 a 45 años, donde alcanza un 14%, y trepa hasta un 19% en personas mayores de 62 a 78 años, distanciándose notablemente del segmento de 46 a 61 años que apenas anota un 4%. Para quienes encabezan hogares con hijos en crecimiento o guardan la memoria del comercio callejero tradicional, la promesa de un empleo fácil y sin contrato sigue siendo una trampa latente.
Cuidar el presente para asegurar el futuro
Tomando en cuenta que tanto niños como jóvenes son una población altamente vulnerable por su cercanía natural con la tecnología y el internet, resulta imperioso articular respuestas que trasciendan los diagnósticos. La protección de las nuevas generaciones ya no puede recaer exclusivamente en las familias ni en las aulas; demanda un puente estratégico y urgente entre las políticas públicas de prevención y el músculo innovador del sector privado.
En este escenario, el ámbito público está llamado a robustecer la seguridad y la educación digital ciudadana, mientras que las empresas privadas tienen la oportunidad única de liderar mediante la responsabilidad social, impulsando campañas masivas de sensibilización y creando entornos tecnológicos más seguros. Comprender estas urgencias desde la evidencia permite a líderes empresariales y tomadores de decisión pública actuar con precisión: blindar hoy la inocencia de la niñez en el ecosistema digital es la inversión más certera para construir una sociedad protegida, justa y consciente mañana.