El estrés ha dejado de ser una simple reacción pasajera para convertirse en una constante en las ciudades bolivianas. De acuerdo con los datos obtenidos a través del Tracker de Marketing de Ipsos CIESMORI, el 64% de la población en las ciudades capitales del eje del país convive con sensaciones intensas de estrés, ansiedad o preocupación que perturban de forma directa su trabajo, su dinámica familiar o su rutina diaria. Este panorama local valida en cierto grado las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que señala que más de 1.000 millones de personas en el mundo sufren afecciones de salud mental, recordando que el estrés crónico no abordado a tiempo desemboca frecuentemente en cuadros de ansiedad y depresión que merman el bienestar y el desempeño laboral.
Mujeres y adultos mayores al límite
Asimismo, la encuesta evidencia diferencias determinantes en la frecuencia del estrés. Las mujeres asumen el mayor impacto: un 34% experimenta estrés intenso todos o casi todos los días, frente al 26% de los varones. Al sumar la frecuencia semanal, la cifra femenina alcanza el 73%, en contraste con el 55% de los hombres, quienes reportan niveles significativamente mayores en sentirlo «rara vez» (37%) o «nunca» (6%). En cuanto a la edad, los adultos mayores de 62 a 78 años (Baby Boomers) registran el nivel más crítico de estrés continuo: un 42% lo vive a diario, frente al 23% de los Centennialls (18 a 29 años). En el plano geográfico, Cochabamba lidera en estrés semanal con un 46%, mientras que en El Alto el 40% lo padece cotidianamente.
Cuando prima el factor económico
Ante la necesidad de recibir apoyo psicológico, la principal traba es económica. Para el 44% de los consultados, el costo económico representa la mayor dificultad para acudir a terapia, obstáculo que sube significativamente al 49% entre las mujeres. Otras limitaciones mencionadas son el desconocimiento de adónde acudir (11%) y las demoras en derivaciones (6%). Como enfatiza la OMS en su plan de acción global, urge democratizar y descentralizar la atención psicológica mediante redes comunitarias accesibles y asequibles para cerrar la amplia brecha terapéutica existente.
No obstante, algo que no se puede dejar de mencionar es que, un 12% no cree necesitar apoyo, dato que pondría en evidencia un cierto grado de negacionismo que encubriría posibles carencias o falta de información preventiva.
El peso del tabú social
A la barrera económica se añade el estigma cultural: el 73% de los bolivianos urbanos coincide en que en la sociedad todavía se juzga o se ve como «debilidad» hablar de salud mental o hacer terapia. Este prejuicio lo perciben con mayor fuerza los adultos de 30 a 45 años (45% totalmente de acuerdo) y los mayores de 62 años (79% de acuerdo general). No obstante, emerge un foco claro de cambio: La Paz es la ciudad que más desafía el tabú, con un 26% en desacuerdo con que buscar ayuda sea una debilidad, marcando una diferencia significativa frente a El Alto (9%), Santa Cruz (9%) y Cochabamba (5%).
Hacia un bienestar integral
Como remarca la OMS, la salud mental no es únicamente la ausencia de trastornos, sino un derecho humano fundamental y un estado de equilibrio indispensable para el desarrollo comunitario y económico. Los hallazgos del Tracker de Marketing de Ipsos CIESMORI confirman que Bolivia enfrenta un doble desafío: por un lado, democratizar el acceso a servicios de salud psicológica para que el costo no sea una limitante excluyente; y por el otro, seguir derribando los estigmas culturales que aún conciben la vulnerabilidad emocional como una debilidad y no como una faceta esencial de nuestra salud integral.
Frente a esta realidad, las organizaciones tienen la oportunidad de liderar el cambio convirtiendo el bienestar en un pilar estratégico de su cultura interna. Al ser el costo económico y el estigma social las principales limitantes, las empresas pueden mitigar este impacto facilitando programas confidenciales de asistencia psicológica, capacitando a sus líderes en la prevención del burnout y promoviendo esquemas de flexibilidad laboral con enfoque de género, en línea con las directrices de la OMS para entornos de trabajo saludables.
Hacia el cliente externo, estos datos invitan a las marcas a construir una comunicación más humana, empática y responsable. Con una ciudadanía que convive con altos niveles de tensión diaria, el mercado demanda narrativas comerciales que ofrezcan contención en lugar de saturación, así como iniciativas que visibilicen y desmitifiquen la salud mental, alineando el propósito empresarial con la genuina calidad de vida de sus comunidades.