El 1 de mayo no es solo una fecha de reivindicación; es el termómetro que mide las aspiraciones y miedos de quienes mueven el país. Este año, el panorama dibujado por los últimos hallazgos de Ipsos CIESMORI nos muestra una radiografía fascinante: somos una nación de contrastes, donde el deseo de libertad laboral choca con la necesidad de seguridad.
El "ancla" de la estabilidad en un mar de informalidad
Para la ONU, el «trabajo decente» (ODS 8) implica ingresos dignos, seguridad y protección social. En Bolivia, este concepto se materializa cuando el 46% de la población prioriza un sueldo fijo y beneficios sociales, al momento de elegir un nuevo empleo.
Esta cifra es en cierta medida evidencia una búsqueda urgente de la seguridad en un mundo donde las difíciles condiciones económicas empujan a más trabajadores al empleo informal; aunque ellos sigan prefiriendo la protección social, ante todo.
Las brechas que persisten
La pandemia afectó en mayor grado a mujeres y jóvenes. Según la ONU, aunque se ha reducido el desempleo mundial al 5,4%, la brecha salarial y de oportunidades sigue siendo un reto. En Bolivia, esta realidad tiene matices claros; pues mientras el 36% de los hombres busca la libertad del emprendimiento para elevar sus ingresos diarios, el 27% de las mujeres prioriza a flexibilidad de horarios y la posibilidad de trabajar desde casa (trabajo híbrido).
El espejismo salarial
El dato más contundente a nivel nacional es que el 42% de la población siente que su economía no está del todo bien. Para una buena parte de los bolivianos, los ajustes salariales han enfrentado dificultades para mantener el ritmo del incremento de precios.
Sin embargo, existen dos factores a destacar: el geográfico, que centra su atención en El Alto, con un pesimismo que alcanza el 54%, y a Santa Cruz que se mantiene como el motor del optimismo, donde un 22% siente que su dinero aún conserva su poder adquisitivo. Mientras que el factor edad también cobra relevancia, pues la generación X (45 a 60 años) es la que más siente el golpe salarial, pues el 54% de este segmento afirma que su situación ha empeorado, quizás por ser personas que usualmente tienen mayores cargas familiares (hijos en universidad o padres adultos mayores).
No obstante, también existe un dato que no se puede ignorar al momento de hablar del factor etario, y es que el 16% de los más jóvenes (18 a 28 años) no sabe cómo percibir el poder adquisitivo que tiene en esta gestión frente a la pasada. Este hallazgo sugiere que este segmento se encuentra en una etapa de transición en su relación con las finanzas; por un lado, una menor exposición a la gestión de presupuestos complejos y, por otro, la presencia de una red de apoyo familiar que actúa como un amortiguador, haciendo que el impacto de la inflación se perciba de forma menos directa que en quienes asumen la jefatura del hogar.
Una lectura de la realidad
Ante este escenario, las empresas y marcas tienen el desafío de descifrar un mercado que ya no solo busca productos, sino certezas. La lectura estratégica para este 2026 debe centrarse en la empatía económica. Las marcas deberán entender que el consumidor boliviano está en modo «resiliencia»; por ello, la comunicación corporativa debe migrar de la promesa de estatus a una de valor real y acompañamiento.
Si cuatro de cada diez bolivianos sienten que su salario no puede hacer frente por completo a la inflación, las empresas ganadoras serán aquellas que logren posicionarse como aliadas del bienestar de las familias, ofreciendo ante todo soluciones que alivien la carga mental de la incertidumbre. Esto implica también una mirada interna: en un país que valora la estabilidad y el equilibrio por encima de la informalidad laboral, la empresa deberá apostar hoy más que nunca a su capacidad de ofrecer entornos seguros, flexibles y genuinamente preocupados por la protección social de su talento.